
Estoy leyendo a Edward De Bono. Creo que es el primer achaque de la edad. O más bien el segundo: el primero, en realidad, es que el Ballantine´s-Cola (combinado truño por antonomasia) ha dejado de ser mi camarada fiel y se ha convertido en una garantía de caos gástrico, descanso paupérrimo y mala leche post-jarana. La bohemia, mala puta, tiene esas cosas, que cuando llegas a cierta edad y te tiene contra las cuerdas se quita la bufanda y el abrigo de paño y te enseña la camiseta de Mötorhead retándote al todo o nada y entonces uno, o se tira a la piscina y dios dirá, o toma la primera salida hacia la vía de enmedio y le da tregua al higadillo tirándose al té helado, la tónica sin gin o el isostar a palo seco, que es como más técnico y super-radical. Guau.
Esa es la historia del primer achaque. Lo de leer a De Bono, el segundo, es un daño colateral: cierto pudor me impide leer a Céline bebiendo Isostar. Además, en estos momentos de luto, necesito a alguien que me diga lo que quiero oír, porque no se que será de mi persona après le vin. Qué se le va a hacer. Estoy seguro de que si Kerouac hubiera recorrido los Estados Unidos pimplando bebidas isotónicas en vez de alcohol habría escrito, como mucho, alguna guía para Lonely Planet pero ese, ahora, no es es el mensaje. Leyendo “El pensamiento creativo” (Paidós Plural, Barcelona 2009), yo, que siempre fuí aspirante a artista por la via etílica - poca más bohemia he demostrado-, me pongo espléndido, huyo de lugares comunes y me autoconvenzo de que la creatividad no depende del talento, ni de la rebeldía, ni de artes o locuras, ni siquiera de la inteligencia y, menos aún, de las copas que uno se haya tomado. La creatividad, escribe De Bono, es un sistema de pensamiento que puede ser aprendido por cualquier hijo de vecino si se aplican una serie de técnicas muy serias y que, además, conduce al éxito y no al cementerio de Pere Lachaise. No estoy muy seguro de que al flemático De Bono le interese la expresión artística, pero hoy estoy muy tonto, así que, señores, si la chispa se me apaga por exceso de limpieza, empezaré a practicar la técnica de ese señor, una suerte de creatividad sin arte ni resaca que ahora se lleva mucho. He dicho.
(Por cierto, recuerdo que hace unos días, leyendo algunos pasajes de la autobiografía del saxofonista Gerry Mulligan en su página web, me hicieron gracia unas palabras de Bill Haber, el psiquiatra que más lo ayudó a desengancharse de la heroína en los 50. Decía Haber: “Tenía dudas sobre tratar a una persona creativa porque uno de los miedos de los psiquiatras era que si hurgaban en los problemas emocionales de las personas creativas, podían curarlos de su creatividad, y no querían ser responsables de eso”. Como ha cambiado el cuento…).
Podéis escuchar la autobiografía oral de Gerry Mulligan en el siguiente enlace: http://gerrymulligan.com/mulligan/Audio